Creamos hospitales, y sin embargo, que tristes lugares resultaron. La gloria solo sea al médico. Creamos cárceles, lúgubres zonas de las que deseamos escapar justo cuando hemos ingresado. La gloria es para el carcelero. Cómo olvidar nuestras santas iglesias, creadoras de panteones: el último lugar de nuestros largos viajes, la única anécdota foránea que no contaremos a nadie. La gloria sea al Sacerdote. Creamos bares, algunos felices, otros llamados chinchorros: lugares decadentes y malditos. Una vez allí dentro y jamás querrás salir. Creamos fronteras, líneas imaginarias resguardadas por ejércitos, una vez superados sus límites jamás podrás volver. Sin una orden de un juez. Gloriosa sea la ley. Por cierto, creamos juicios, supuestos lugares donde seres moralmente superiores determinan la inocencia y, más a menudo, el grado de culpabilidad de quienes quedarán a las órdenes del carcelero, contando con alguna afortunada y santa visita antes de terminar, una única vez más, en el...